Relaciones y familia

A tu pareja le basta un beso o una caricia para tener ganas. A ti no. Necesitas más tiempo, dejar de pensar en el trabajo, sentirte tranquila. Durante años has pensado que el problema era tuyo: que algo fallaba en tu cuerpo, que ya no te atrae tu pareja, que quizá no la quieres como antes. Y cada vez que se acerca, una parte de ti se tensa, porque sabes que no vas a sentir lo que «deberías».
Si te reconoces en esta escena, no estás sola, y no está escrito en ningún sitio que tengas un problema. La falta de deseo sexual es uno de los motivos de consulta más frecuentes en sexología y en terapia de pareja. Muchas veces, entender cómo funciona el deseo ya quita una buena parte del peso.
¿Qué diferencia hay entre deseo espontáneo y deseo responsivo?
Solemos imaginar el deseo de una única manera: aparece solo, de repente, antes de que pase nada. Es lo que se llama deseo espontáneo, y es el que más vemos en películas y series. Pero no es el único.
Existe también el deseo responsivo, que no surge antes, sino como respuesta: aparece cuando ya hay contacto, caricias, un contexto agradable, tiempo y tranquilidad. La médica y sexóloga Rosemary Basson describió este modelo hace años, y desde entonces se sabe que es una forma de desear muy habitual, especialmente en relaciones largas y en muchas mujeres.
Las dos formas son normales. El problema aparece cuando comparamos la nuestra con la de la pareja y concluimos que la que tarda más «está rota». Una pregunta mucho más útil que «¿por qué no tengo el mismo deseo que tú?» es «¿qué necesita mi deseo para sentirse invitado?».
¿Es un problema no tener deseo sexual espontáneo?
No necesariamente. No sentir ganas de forma espontánea no es, en sí mismo, un trastorno. Muchas personas casi nunca tienen deseo espontáneo y disfrutan de su sexualidad cuando se dan las condiciones. Lo que sí merece atención es cuando la falta de deseo te genera malestar, cuando afecta a la relación o cuando ha cambiado mucho respecto a cómo eras antes sin una explicación clara.
También conviene desmontar una idea muy extendida: que el sexo es una necesidad que, si no se cubre, «revienta». No es como el hambre o la sed, que el cuerpo necesita reponer para mantener el equilibrio. Se puede pasar una temporada sin sexo sin que ocurra nada grave. Y por eso mismo, nadie debe tener relaciones por obligación ni para cumplir con el otro. La presión suele ser una de las cosas que más apagan el deseo.
Además, que haya mucho o poco deseo no dice por sí solo si la pareja va bien. Dice cómo está el deseo. Una relación se sostiene también en la confianza, el cariño, el respeto, la convivencia y los proyectos compartidos. Si te preocupa que la intensidad haya bajado con los años, tienes más en Desenamorarse de tu pareja.
El deseo va y viene, y el amor puede seguir ahí
Amar y desear no son exactamente lo mismo. Se puede querer muchísimo a alguien y pasar una temporada con poco deseo, igual que se puede desear algo o a alguien que no nos conviene nada. El deseo es más caprichoso que el cariño: sube y baja con el estrés, con las etapas vitales, con lo que pasa en la relación y fuera de ella. Por eso conviene dejar atrás una idea muy repetida, la de que «la chispa» tiene que estar siempre encendida y que, si un día se apaga, es la prueba de que algo se ha roto.
Muchas parejas atraviesan épocas de deseo bajo, sobre todo con la crianza, una enfermedad, una mudanza o un periodo de mucho trabajo, y luego lo recuperan. Lo que ayuda en esas temporadas no es alarmarse ni forzar, sino poder hablar de ello sin culpas y mantener otras formas de cercanía mientras tanto. Y si el bajón se alarga y os preocupa, eso es justo lo que se puede trabajar en consulta.
¿Por qué ha bajado mi deseo sexual?
El deseo es complejo y casi nunca tiene una sola causa. Pueden influir:
El estrés y el cansancio, que dejan poco espacio para cualquier cosa que no sea resolver lo urgente. Si notas que vives agotada, puede ayudarte nuestra página sobre estrés y burnout.
Factores médicos y hormonales: algunos medicamentos, cambios como el posparto, la lactancia o la menopausia, enfermedades crónicas o el dolor durante las relaciones.
El estado emocional, por ejemplo, la ansiedad o la tristeza mantenida.
La relación: conflictos sin resolver, resentimiento, sentir que todo el peso de la casa recae en ti (la carga mental afecta y mucho), o falta de intimidad emocional.
La historia personal y la educación recibida: mucha gente se educó en un ambiente en el que del sexo no se hablaba, nadie animaba a explorar y el placer, sobre todo el femenino, quedaba fuera.
Las experiencias previas dolorosas o difíciles.
Nada de esto es culpa tuya. Pero entender qué está influyendo ayuda a saber por dónde empezar.
¿Puede que el problema no empiece en la cama?
Muchas veces, sí. Cuando hablamos de falta de deseo, solemos ir directamente al sexo: cuánto, cuándo, cómo. Pero también importa mirar cómo es tu día a día fuera de la intimidad.
Si llevas meses en piloto automático, encadenando trabajo, obligaciones y recados, y llenando cada hueco libre con otra tarea, es posible que hayas perdido contacto con el placer en general: comer algo que te gusta saboreándolo, darte una ducha sin prisa, escuchar una canción, tumbarte un rato, reírte. Si pasas el día en la cabeza, pensando, organizando y cumpliendo, es difícil que al llegar a la cama aparezca de golpe el disfrute. No tenemos un interruptor para pasar de «funcionar» a «disfrutar».
No se trata de hacer una lista de actividades placenteras como si fueran deberes, sino de volver a notar qué te gusta y qué te apetece. A menudo, eso es el terreno del que puede volver a brotar el deseo.
¿Cómo volver a conectar con el cuerpo?
Una propuesta sencilla para empezar, antes incluso de pensar en el deseo:
Busca cinco minutos sin interrupciones, sin móvil y sin ningún objetivo. No tienes que sentir nada concreto.
Cierra los ojos y lleva la atención al cuerpo. Sin cambiar nada, solo nota: ¿hay tensión, calma, desconexión? Todo vale.
Explora el contacto: una mano sobre el pecho, otra en el vientre, después en las piernas, sin intención sexual. Pregúntate qué te resulta agradable ahora.
Si no aparece el deseo, está bien. El ejercicio no busca provocarlo, sino crear espacios donde pueda aparecer.
En pareja, algo parecido puede hacerse con caricias sin que tengan que acabar en una relación sexual. Quitar la meta suele quitar también la presión.
¿Cómo hablar del deseo con mi pareja?
Hablar de sexualidad cuesta, pero suele aliviar mucho más de lo que se teme. Estas cuatro preguntas pueden ayudarte a pensarlo primero contigo y después, si quieres, a compartirlo:
¿Qué me gusta de verdad en la intimidad? ¿Y qué hago solo porque creo que «debería» gustarme?
¿Hay algo que me dé curiosidad descubrir? Quizá no hace falta hacerlo; quizá basta con poder hablarlo.
¿Cuánto conozco realmente mis deseos? Saber qué te gusta es parte de saber quién eres.
¿Hay algo que me gustaría decir en la intimidad y nunca he dicho en voz alta?
La sexualidad no viene definida de una vez para siempre: lo que te gusta puede cambiar con el tiempo. Y cuando uno de los dos está revisando mitos, explorando y cambiando mientras el otro sigue igual, es normal que aparezca malestar. Hablarlo, sin reproches, es parte del trabajo.
¿Puede el exceso de cuidado apagar el deseo?
Puede sonar raro, pero sí. Hay parejas que se llevan de maravilla, que nunca se hieren, que se tratan con una delicadeza enorme… y en las que el deseo se ha ido apagando. A veces, una de las razones es precisamente esa: se cuidan tanto que ya no se dicen nada que pueda incomodar. Se protege al otro de cualquier opinión, enfado o deseo que pueda sorprenderle, y la relación se vuelve muy tranquila, pero también un poco plana.
El deseo necesita algo de alteridad, la sensación de que el otro es alguien distinto de ti, con su mundo propio, que todavía puede sorprenderte. Y eso aparece, en parte, cuando se comparte algo verdadero. Contar qué te gusta y qué no, compartir una fantasía, reconocer que algo te molesta, expresar que te apetece algo diferente: son pequeños riesgos que rompen la superficie y devuelven vitalidad a la relación.
Esto no significa que haya que ser brusco ni «decirlo todo» sin filtro. Se trata de verdad dicha con cuidado, en un clima de respeto y sin presión. Una conversación así puede empezar con algo sencillo: «Hay algo que nunca te he contado sobre lo que me gusta y me da un poco de vergüenza decirlo». Si os cuesta abrir ese espacio a solas, podéis hacerlo acompañados, también en nuestra consulta de sexología online. Y si dudáis de si es el momento de pedir ayuda como pareja, te puede orientar este artículo sobre cuándo ir a terapia de pareja.
¿Cuándo consultar con una sexóloga o con tu médico?
Es buena idea pedir ayuda si la falta de deseo te preocupa o te hace sufrir, si está generando tensión en la relación, si sientes dolor en las relaciones sexuales o si el cambio ha sido brusco. Conviene descartar primero factores médicos con tu médico de familia, ginecología o urología, sobre todo si el cambio coincide con un medicamento nuevo, un cambio hormonal o algún problema de salud. Si tomas una medicación y crees que puede estar influyendo, no la dejes por tu cuenta: coméntalo con quien te la ha recetado.
En nuestra consulta de sexología trabajamos el deseo desde todos sus ángulos: el cuerpo, la historia de cada persona, el estrés y la relación. Y cuando la falta de deseo está muy ligada a lo que pasa entre vosotros, la terapia de pareja puede ser el mejor punto de partida. Si quieres, escríbenos y te ayudamos a ver por dónde empezar, a tu ritmo y sin presión.
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Revisado por el equipo clínico de Leizea
Psicólogas sanitarias colegiadas · Centro sanitario n.º 48/095789 · Última revisión: octubre de 2026



