Emociones

Estás haciendo la compra un martes cualquiera y, sin aviso, algo cambia. Las estanterías siguen en su sitio y la gente sigue pasando con sus carros, pero todo parece lejano, plano, como si lo vieras a través de un cristal empañado o en una película que no va contigo. Sabes perfectamente dónde estás. Y aun así, nada te parece del todo real. Vuelves a casa con el corazón acelerado, entras al baño y te miras al espejo para comprobar si sigues siendo tú. Tu cara te resulta extraña. Y aparece la pregunta que más asusta: ¿me estoy volviendo loca?
Lo que acabas de leer tiene nombre: desrealización y, cuando la extrañeza recae sobre ti misma, despersonalización. Son experiencias mucho más frecuentes de lo que parece, sobre todo en épocas de ansiedad intensa o de ataques de pánico. Son muy desagradables, pero no son peligrosas y no significan que estés perdiendo la cabeza. Vamos a ver qué son, por qué aparecen, por qué cuesta tanto que se vayan y qué ayuda de verdad.
¿Qué son la desrealización y la despersonalización?
Las dos son formas de disociación, es decir, de cierta desconexión entre lo que pasa y cómo lo percibes. En la desrealización lo que se vuelve raro es el entorno: las calles, las personas o tu propia casa parecen irreales, como de cartón, envueltas en niebla o vistas desde lejos. En la despersonalización lo extraño eres tú: sientes que te observas desde fuera, que tu voz no suena a ti, que tus manos parecen de otra persona o que actúas en piloto automático.
Hay un detalle importante que tranquiliza a mucha gente cuando lo entiende: mientras esto ocurre, sabes que es una sensación. Tú notas que el mundo parece irreal, pero no crees que lo sea. Esa conciencia de que «algo raro me está pasando» es justamente lo que diferencia esta experiencia de perder el contacto con la realidad.
¿Es normal disociarse? La disociación como un espectro
La palabra disociación asusta, pero todos nos disociamos a diario. Piensa en las veces que has llegado a casa conduciendo sin recordar el trayecto, o en esos ratos en los que te quedas «en babia» mirando por la ventana. Tu cerebro no puede atender a todo con la misma intensidad, así que pone algunas cosas en automático para ahorrar energía. Eso es disociación, y es completamente sana.
Imagina una línea. En un extremo está esa desconexión cotidiana. En el extremo opuesto están los trastornos disociativos, que son poco habituales y afectan de forma importante a la memoria, la percepción o la identidad. Y en medio hay una zona muy amplia en la que la mente funciona como una especie de anestesia: cuando una emoción o una sensación física es demasiado intensa, el cerebro baja el volumen de la realidad para que puedas seguir funcionando. A veces esto ocurre de forma muy concreta, por ejemplo contar algo durísimo de tu vida sin sentir nada. Eso no quiere decir que te dé igual; significa que, en ese momento, sentirlo entero sería demasiado.
¿Por qué aparece la sensación de que nada es real?
La desrealización suele ser una respuesta de protección del cerebro ante una carga emocional muy alta. Es frecuente que aparezca en estas situaciones:
Durante o después de una crisis de ansiedad o de un ataque de pánico, cuando el cuerpo está al máximo de activación.
En temporadas de estrés prolongado, en las que llevas mucho tiempo sosteniendo más de lo que puedes.
Cuando duermes poco o estás agotada física y mentalmente.
Tras el consumo de algunas sustancias.
Al revivir recuerdos difíciles o después de experiencias traumáticas.
Dicho de otra forma: no es un fallo de tu cabeza, sino una señal de que tu cuerpo y tu mente están, o han estado, sometidos a demasiada presión. Por eso es habitual que la sensación aparezca justo cuando todo empieza a calmarse, como si el sistema nervioso tardara un tiempo en ponerse al día.
¿Me estoy volviendo loca? Por qué da tanto miedo
Hay tres miedos que casi todas las personas compartimos en mayor o menor medida: el miedo a morir, el miedo a perder la cordura y el miedo a no valer nada. Normalmente están en segundo plano, pero la ansiedad intensa los despierta, y la desrealización toca de lleno el segundo. Cuando el mundo te parece irreal, es muy fácil concluir que el problema está en tu mente y que va a ir a peor.
Por eso los consejos bienintencionados del tipo «relájate» o «no le des importancia» suelen dejarte peor. No porque la gente quiera hacerte daño, sino porque te están pidiendo algo que ahora mismo no está en tu mano. Si alguien de tu entorno quiere ayudarte, le puede servir este artículo sobre ataques de pánico, porque desrealización y pánico van muy a menudo de la mano.
¿Por qué no se va? El círculo del miedo y la comprobación
Aquí está la clave de por qué algo pasajero puede durar semanas. La desrealización, en sí misma, no hace daño. Lo que suele mantenerla es el miedo que nos provoca y todo lo que hacemos para librarnos de ella.
El circuito es más o menos así: notas la extrañeza, te asustas, te observas para ver si sigue ahí, la encuentras (porque cuanto más la buscas, más la notas), te asustas más, y esa ansiedad extra alimenta la desconexión. Algunas personas se miran una y otra vez al espejo para comprobar si siguen «raras». Otras hacen lo contrario y evitan los espejos por si acaso. Las dos estrategias tienen algo en común: le dicen a tu cerebro que esto es una amenaza que hay que vigilar. Es lo mismo que ocurre con muchas conductas que alivian al momento y mantienen el problema a la larga, como explicamos en el artículo sobre evitación.
¿Qué puedo hacer cuando me siento desrealizada?
No hay un botón para apagarla, y buscar uno suele ser parte de la trampa. Lo que sí ayuda es cambiar tu relación con la sensación:
Ponle nombre. Decirte «esto es desrealización, la conozco, es ansiedad» la saca del terreno de lo desconocido.
Deja que esté. En lugar de pelearte con ella, obsérvala con curiosidad, como quien mira el tiempo que hace. Suele bajar antes cuando no la combates.
Vuelve al cuerpo y al presente. Notar los pies en el suelo, apoyar la espalda en una pared, sentir el agua en la ducha o tumbarte un momento puede ayudarte a tocar tierra.
Sigue con lo que estabas haciendo. Retomar la actividad te saca de la vigilancia y le demuestra a tu cerebro que puedes funcionar aunque la sensación siga ahí.
Cuida lo básico. Dormir y comer con cierta regularidad, aunque cueste, ayuda a que el sistema nervioso baje la guardia.
Rodéate de personas que te escuchen sin cuestionar lo que sientes ni exigirte que estés bien ya.
Y algo que conviene saber: es normal que la sensación reaparezca de vez en cuando incluso cuando la ansiedad ya ha mejorado. Si ya no le tienes miedo, deja de ser un problema y pasa sin más.
¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?
Es buena idea consultar si la sensación se repite a menudo o dura días, si te hace dejar de ir a sitios o de hacer cosas, si va unida a ataques de pánico o si apareció después de una experiencia que te desbordó. Si es la primera vez y viene con síntomas físicos nuevos, coméntalo también con tu médico de familia para descartar otras causas; y si surge tras consumir alguna sustancia, cuéntaselo con tranquilidad, sin miedo a ser juzgada.
¿Qué se hace en terapia?
En terapia no se trata solo de «quitar» el síntoma. Primero entendemos qué lo dispara y qué lo mantiene en tu caso: si forma parte de un cuadro de ansiedad o de pánico, si tiene que ver con un agotamiento acumulado o si está conectado con experiencias difíciles que necesitan ser procesadas, algo que trabajamos en trauma psicológico. A partir de ahí aprendes a perderle el miedo y a volver, poco a poco y a tu ritmo, a los sitios y actividades que habías dejado. Muchas personas descubren por el camino que la ansiedad les estaba avisando de algo más grande: que habían dejado de vivir la vida que querían.
Si te has reconocido en estas líneas, no estás sola ni te estás volviendo loca. Si te apetece hablarlo con calma, puedes escribirnos y vemos juntas, en Bilbao o online, cómo podemos ayudarte. Si vives cerca, nuestras psicólogas en Bilbao te atienden junto a Moyua; si no, puedes hacer terapia online con el mismo equipo.
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Revisado por Irati Artetxe, psicóloga sanitaria (n.º col. BI06250)
Psicólogas sanitarias colegiadas · Centro sanitario n.º 48/095789 · Última revisión: octubre de 2026



