Estrés Postraumático
¿Qué es el estrés postraumático?
Cuando una persona vive algo que la sobrepasa —un accidente, una agresión, una situación de miedo intenso o una experiencia que se sintió como una amenaza—, el cuerpo responde de la manera más rápida que tiene para protegerse. Esa reacción puede salvarte en el momento, pero a veces se mantiene después, incluso cuando ya no hace falta.
Eso es, en esencia, lo que ocurre en el Trastorno de Estrés Postraumático.
El TEPT no consiste en “no superar algo”, sino en que el cuerpo sigue funcionando según las reglas de aquel día, como si no hubiera tenido oportunidad de actualizarse. Y por eso las reacciones que aparecen —evitar ciertos lugares, sobresaltarse con facilidad, tener recuerdos intrusivos o sentir el cuerpo en alerta— no son aleatorias: todas cumplen una función.
Evitar situaciones ya que “así no te expones otra vez”.
Estar pendiente de todo da la sensación de que “si vigilo, no me pasará por sorpresa”.
Reaccionar con irritabilidad o tensión ayuda a “descargar” un estado interno saturado.
Los recuerdos intrusivos son intentos de ordenar algo que quedó inconcluso.
La desconexión o el bloqueo son una forma de “pausar el dolor” cuando se hace demasiado grande.
No son conductas escogidas. Son respuestas que, en su momento, fueron adaptativas.
El problema es que ahora se activan fuera de contexto, cuando la persona ya no necesita protegerse así.
Por eso el TEPT no es sinónimo de debilidad ni de falta de voluntad. Tiene más que ver con aprendizaje que con personalidad. El cuerpo aprendió a reaccionar de una manera muy concreta, y la terapia ayuda a que pueda aprender algo nuevo.
Terapia TEPT
Por qué aparece el TEPT o estrés postraumático
Una idea importante sobre el trastorno de estrés postraumático es que no suele manifestarse de inmediato. Muchas personas pasan días, semanas e incluso meses aparentando estar “bien”, y de repente empiezan a notar cambios en su sueño, en su estado emocional o en la manera en que reaccionan ante situaciones cotidianas. Esto desconcierta y asusta, porque parece que los síntomas “surgen de la nada”. Sin embargo, no aparecen porque sí: surgen cuando el cuerpo deja de estar en modo supervivencia.
Durante el impacto inicial del evento traumático es habitual que la persona esté demasiado ocupada intentando salir adelante como para sentir realmente lo ocurrido. El cuerpo se centra en funcionar, resolver, actuar. En esta fase es frecuente no percibir casi nada, o notar una sensación de “robotización”: seguir con la vida porque es necesario, sin espacio para procesar lo que ha pasado. A veces los primeros síntomas aparecen en este momento —sueños intrusivos, sobresaltos, desconexión emocional, tensión física—, pero no siempre ocurre así.
Con mucha frecuencia, el TEPT empieza a manifestarse cuando la intensidad de la situación disminuye. Cuando el peligro real termina, el organismo, que antes estaba en alerta constante, “se permite” sentir lo que no pudo antes. Esto puede suceder al finalizar un tratamiento médico, tras alejarse de una situación de violencia, al volver a la rutina o simplemente cuando la vida recupera su ritmo habitual. El cuerpo interpreta que ahora hay espacio para procesar, y ahí emergen emociones, recuerdos o tensiones congeladas.
En otros casos, el trauma se activa ante desencadenantes muy pequeños. Algo cotidiano —un olor, un sonido, una postura corporal, una frase, un lugar— puede evocar de forma indirecta la experiencia traumática. La persona no siempre identifica la conexión, solo siente que “algo se activa” por dentro. El cuerpo reacciona antes que la mente.
El TEPT también puede hacerse visible después de periodos de estrés o desgaste. Cuando la persona está cansada, saturada o emocionalmente sobrecargada, disminuye la capacidad del organismo para mantener bloqueos y defensas. No se trata de “derrumbarse”, sino de que el cuerpo, sin recursos suficientes, deja de sostener la evitación con la misma fuerza. Por eso los síntomas pueden aparecer tras una mudanza, un conflicto, un exceso de trabajo, falta de sueño o una nueva pérdida.
A veces surgen con fuerza cuando algo significativo recuerda lo vivido: un aniversario, una fecha clave, un procedimiento médico, un parto, una noticia similar o acompañar a alguien que atraviesa una experiencia parecida. El cuerpo no lo vive como una memoria, sino como una señal de alerta.
Y, paradójicamente, el trauma puede aparecer con más claridad cuando la vida está en calma. En muchos casos, es precisamente cuando todo parece estar bien cuando emergen las sensaciones o recuerdos que habían quedado pendientes. Mientras había caos o urgencia, el sistema nervioso estaba ocupado sobreviviendo. Cuando llega la tranquilidad, aparece el espacio para sentir lo que el cuerpo guardó “para más adelante”.
En el TEPT, muchas personas tardan meses —o años— en consultar porque creen que lo que les pasa “ya se pasará”, “no es tan grave” o “hay gente que ha vivido cosas peores”. Pero el trauma no se mide por la gravedad del hecho, sino por el impacto que tiene en tu vida hoy.
Vale la pena buscar acompañamiento cuando empiezas a notar que tu manera de vivir, relacionarte o descansar ya no es la misma. Cuando sientes que reaccionas “demasiado”, “muy poco” o de formas que no reconoces del todo. Cuando tu cuerpo está en alerta incluso en situaciones seguras. O cuando estás cansado de evitar lugares, personas o momentos que antes formaban parte de tu vida cotidiana.
También es importante pedir ayuda si notas que tus recuerdos aparecen sin que tú lo decidas —con imágenes, sensaciones o emociones que irrumpen de repente— o si te descubres viviendo en un estado constante de tensión, sobresalto o vigilancia. Si dormir se vuelve difícil, si te cuesta conectar con lo que sientes, si te notas irritable sin motivo claro o si empiezas a desconfiar incluso de quienes te quieren, son señales de que algo hace falta atención.
Otra razón para pedir ayuda es el agotamiento. Muchas personas llegan a terapia no porque el trauma “empeoró”, sino porque ya no tienen energía para seguir sosteniendo el día a día tal y como están. El cansancio emocional crónico, la sensación de estar “desconectado del cuerpo” o el hecho de sentir que estás viviendo en piloto automático también indican que necesitas apoyo.
Y, por supuesto, pedir ayuda es fundamental si sientes que el trauma empieza a interferir en tus relaciones, tu trabajo, tus decisiones o tu capacidad para disfrutar de cosas que antes te hacían bien.
Cuándo vale la pena pedir ayuda
Cómo abordamos el TEPT en terapia
El primer paso suele ser crear un espacio donde puedas sentirte lo suficientemente seguro como para explorar lo que te ocurre. Muchas personas llegan a consulta sin saber explicar exactamente qué sienten, pero con la sensación de que su cuerpo está “pasado de vueltas” o “en alerta permanente”. Antes de nada, trabajamos en estabilizar esa activación: aprender a reconocer señales internas, regular el ritmo del cuerpo, recuperar momentos de calma y construir herramientas que te permitan sentir que puedes sostener tus emociones sin desbordarte. Sin esa base, entrar de lleno en el trauma puede ser demasiado intenso, así que empezamos por reforzar tu capacidad para estar en el presente.
A medida que avanzamos, vamos entendiendo juntos las conductas y reacciones que has desarrollado para protegerte. Muchas personas piensan que sus síntomas son fallos: evitar salir, desconectar, estar siempre vigilante, bloquear emociones o mantenerse ocupadas todo el tiempo. Sin embargo, en trauma, casi todo lo que hacemos tiene una función. Son estrategias que tu cuerpo aprendió en un contexto concreto.
En terapia no buscamos quitar esas conductas de golpe, sino comprender para qué están ahí y ayudarte a transformarlas por otras formas que no limiten tu vida.
A partir de ahí, el proceso se vuelve más amplio. El TEPT no solo deja síntomas; también altera la forma de ver el mundo, de relacionarte con los demás y de entenderte a ti mismo. Por eso en terapia trabajamos en reconstruir esas áreas: recuperar la confianza, volver a sentir seguridad en tu cuerpo, poner límites, reconectar con tus necesidades y recomponer la vida que el trauma interrumpió. La terapia no se enfoca únicamente en el dolor, sino en lo que quieres construir después de él.
Finalmente, también acompañamos los desencadenantes que puedan aparecer en el día a día: momentos sensibles, fechas importantes, situaciones que activen la memoria corporal o emocional. No se trata de que nunca vuelvas a activarte, sino de que, cuando ocurra, sepas qué hacer, cómo regularte y cómo no volver a sentir que pierdes el control.
Quién te va a acompañar
Nuestro equipo está formado por psicólogas sanitarias colegiadas en el Colegio Oficial de Psicología y con formación en terapia para el trastorno de estrés postraumático.
Si quieres conocer más sobre cada profesional y su forma de acompañar, puedes visitar la sección Sobre Nosotras, donde compartimos nuestras trayectorias y áreas de especialización.
1250+ Personas atendidas
Áreas generales que tratamos en la terapia para el TEPT
Abuso físico, sexual o emocional
Negligencia o abandono infantil
Accidentes o situaciones de riesgo vital
Trauma complejo o repetido
Revictimización
Flashbacks, disociación o hipervigilancia
Y más…
FAQ
Preguntas frecuentes sobre el TEPT o trastorno de estrés postraumático
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No. Aunque a veces se habla del TEPT como si fuera una “patología” médica, no es algo que una persona “tiene dentro” que le arruina la vida. Es más bien un conjunto de aprendizajes defensivos que surgieron para proteger frente a un peligro real. Las etiquetas diagnósticas ayudan a comunicarnos y entendernos, pero no explican quién eres ni determinan tu futuro. Lo que aparece son respuestas del cuerpo y la mente que siguen funcionando como si el peligro continuara, aunque ya no estés ahí.
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Porque el sistema nervioso aprendió —muy rápido y muy profundamente. Esas respuestas quedaron grabadas no como decisiones conscientes, sino como reflejos automáticos de supervivencia. No es falta de fuerza de voluntad. Es un aprendizaje que tu cuerpo no ha actualizado todavía.
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También es válido. La memoria es compleja y dinámica. No recordar con precisión no significa que no sea real la experiencia emocional que se verbaliza. En terapia trabajamos con lo implícito, no solo con la narración.
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Sí. El impacto del trauma no depende de lo que “parece grave” desde fuera. Un evento puede no parecer devastador para unos y ser profundamente desregulador para otros.
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No necesariamente. El trauma no depende solo del evento, sino de la capacidad de la persona para procesarlo y del apoyo que tuvo. A veces son experiencias repetidas, sutiles o prolongadas las que dejan una huella más profunda.